viernes, 1 de junio de 2007

EL ÁRBOL DE LAS TRES RAÍCES

EL árbol sacude sus tres raíces para oxigenar al hombre nuevo, íntegro, no corrompible que establecerá con su visión transformadora, la estructura social del nuevo milenio. Su ejemplo es una carga de porvenir que se vislumbra más allá de la palabra ajena que tantas veces intentaron perpetuar los labios sarcásticos del superficialismo, las injusticias y el imperio económico para imponer su doctrina de dominación y dependencia sobre los pueblos latinoamericanos. Venezuela abrió sus brazos a un futuro diferente y al abrigo de su sombra, se convirtió en ejemplo para el mundo. El pueblo despertó y asumió los cambios con la valentía de sus héroes Bolívar, Rodríguez y Zamora, expresada en un proyecto de vida original que promueve la generación de conductas y valores que abrirán paso al establecimiento de un orden de justicia social y de derecho para fortalecer la convivencia democrática. Un sentido de pertenencia jamás sentido, crece en el corazón de cada venezolano hacia la concreción de la revolución Bolivariana en todos los sectores del país. En este proceso, la escuela y sus maestros tienen la gran responsabilidad de alcanzar la utopía de Samuel Robinson: cuidar a todos los hombres de la patria desde la infancia, educarlos para hacer República, porque “no nos alucinemos, sin educación popular, no habrá verdadera sociedad”. Sólo de esta manera, dentro de un tiempo no muy lejano, la Venezuela posible será una realidad porque gracias a los maestros y a la escuela, el ejercicio ciudadano será la expresión del compromiso del hombre con la libertad, la solidaridad, la tolerancia, la dignidad y la defensa de los derechos humanos.

LAS PALABRAS EN EL VIENTO


En el viento, las palabras suenan bien pero no se quedan se trasmutan se pierden... porque nadie las retiene Te sientes incómodo porque no puedes hablar. Te vigilan no sólo desde afuera sino también desde tu propio abismo. El jefe nos había dicho que llegaba un turista con mucha plata, tremenda nave y bañado en oro. Siento la inutilidad de mi vida como si dentro de unas horas ya no seré un vivo más en este sitio de putrefacción y muerte sino una espesa niebla que se diluye en la oscuridad de los silencios. No cuentes lo que sabes ¡Ya entiendo! Las palabras se las lleva el viento. El cadáver te reclama cada noche su inocencia. Sin palabras. Pero el jefe dio la orden: ¡toma esta pistola, espéralo a las cinco, cuando salga del hotel, quítale el maletín, el oro y te vas por la orilla de la playa hasta que llegues al cementerio! Así me dijo mientras aspiraba ese viento blanco que emana de casi todos los que me acompañan- Luego agregó: ¡Allí te espero! Dos días después, ¡Vaina! ¡Tremenda vaina!...Llegaste temprano. Esperaste al turista y lo amenazaste con tu arma prestada. ¡Alto! ¡Esto es un asalto! Los ojos exorbitados del hombre te miraron desde el más allá para recordarte sin palabras, que mañana podrías ser tú. Pero el jefe no te esperó. Allí estaban los dos uniformados corruptos de siempre en su jepp blanco para ocultarte. Ellos me escondieron algún tiempo para que la guardia no me encontrara. ¡Ah! Pero me quitaron el maletín y me ordenaron que huyera playa arriba. Se armaron con más de cincuenta millones. El resto de lo que fue esa mañana, tú lo sabes Siempre playa arriba, bañado en sol y salitre. Mi amigo iba delante, asustado jamás había visto un muerto. Te alcanzaron. En sueños veo al Ronco, inocente en su primer trabajo. Lleno de miedo porque sabía que lo lincharían si decía una sola palabra. También lo recuerdo sentado en su mecedora con dos balas en la frente. Un enfrentamiento, dijo la policía. El Ronco y yo sabemos que no fue así. Todo el barrio sabe lo que allí pasó. Nadie les cree. Todo volvió a la normalidad. El jefe levanta una fortaleza sobre la acera para que nadie llegue hasta él. El chino vende las armas. El fiscal se deja sobornar. Otros niños, menores que yo, inician su carrera por los bajos fondos en la fortaleza, mientras la mamá del Ronco vomita improperios contra la vida. Los uniformados van como siempre, todas las tardes al barrio a buscar su parte de carabela. A todos martillan por su silencio mientras que a ellos, los martilla la vida. Mañana, si es que te sucede, las palabras del otro serán verdades en la fiscalía, las tuyas, se las llevará el viento. No cambia la vida sólo con la intención. Tu vida será una palabra más, sin sentido en el viento, en este universo de engaños que se pudre en las cárceles de mi país. ¡El jefe me dijo que teníamos un negocio bueno! Pero Ronco mató al turista. ¡El no lo mató! Acompañé al Ronco y te aseguro que no lo mató. Era su primer trabajo. Iba cagao. No tenía bolas. Me llevaba algún tiempo en este negocio. Después de la muerte de Ronco caí preso. Allí no hubo enfrentamiento. Ellos lo mataron para que no hablara. Me dejaron vivo de vaina. Pero me amenazan a diario. Algún día, cuando salga de aquí -si es que salgo-, ya ellos habrán muerto mientras yo, acostumbrado a la vigilancia de los otros, intento escapar por esa rendija donde el sol cada mañana se asoma y me despierta para avisarme que sigo vivo ese día, ¡escribiré un libro así de grande! ¡Carajo! Para ver si mis palabras no se las lleva el viento y entonces, todos sabrán que el Ronco era inocente.

LAS PALABRAS.

Amaneció el día diferente. ¿Qué había cambiado? Todo en la biblioteca parecía un revolotear de mariposas perdidas bajo la fuerte luz de la bombilla. Recorrí los espacios en busca de una razón, del origen de aquel efecto que amenazaba con borrar los últimos escritos del insomnio. Amaneció y había perdido todo deseo por escribir. Las palabras. Las busqué y no aparecieron donde solían estar. Intentaba dar libertad a las ideas y las buscaba entre mis manos. Atrapadas en el puño sentíanse incómodas, maltratadas y gritaban obscenidades para hacerse libres. A veces, las dejaba en la habitación, sobre un papel cualquiera. Entonces, caminaban por los libros, se trepaban sobre las lámparas y caían alegres en el papel; bailaban y reíanse de mi angustia. Ya cansadas, hacia el amanecer, se rendían de sueño y entonces, tomaba mi cámara escondida, las grababa y revelaba hasta hacerlas nítidas en el amarillento cuaderno donde registraba sus travesuras. Muchas veces, las lanzaba por la ventana y recorrían la ciudad. Al día siguiente, despertaba y al no encontrarlas, corría a la habitación de mis hijos. Allí, entre las sábanas, las agarraba in fraganti, correteando sobre los cuerpos dormidos; tarareando canciones infantiles, inventando jerigonzas, jitanjáforas o simplemente, contando historias de muertos y aparecidos. Muchas veces, las sentí caminar por la cocina. Se bebían el café y reían de sus trastadas. Me sentaba y disfrutaba de sus juegos y palabreras. Cuando se dirigían al lavandero, las seguía y al sentir mi presencia, las traviesas, escapaban por la cañería... Entonces, llamaba al plomero, las rescataba y volvía a pegarlas al papel. Abandonadas a su suerte sobre un sofá, lloraban la ausencia, disculpábanse y volvían a ser libres. Nadaban sobre mis angustias, reían con mis alegrías y permanecían atentas a mi llegada después de un largo caminar por diaria rutina. Pero, ese día habían decidido otra cosa. Por allí andan ahora. Desperdigadas por el caserón, desaliñadas y torpes. Perdieron su sentido. No hay manera de recuperarlas. Extraño su inocencia, su fragancia escondida y revolotear sobre mi cabeza. Llevo días buscándolas debajo de los libros, en los potes de cocina, en el jardín, en los bultos escolares, en las casas de mis enemigos o en las desoladas calles. Todo ha sido inútil... Hace poco, intenté colocar un aviso en la prensa local. No han salido de la ciudad, estoy segura –no poseen cédula de identidad ni partida de nacimiento- Un poeta que atendió al llamado de la angustia preguntó con seriedad si me encontraba bien. Ayer, mientras viajaba a cualquier parte, alguien me observaba. Al volver la mirada hacia el horizonte, con alegría descubrí que el paisaje estaba lleno de ellas... ¡Irresponsables! Allí estaban. Colgadas de los árboles, bañadas de sol. Se sumergían risueñas en la quebrada de los ríos y saltaban sobre las piedras. Unas, escribían con las nubes mensajes de despedida y otras, sigilosamente se asomaban por las rendijas del sol. Decidí llamarlas nuevamente. Una a una las toqué con sus nombres: azul, risueña, amor, juventud, vida, primavera, yo, tú, hijo, vuelo, desalojo, extravío, dolor, risa, hogar, alegría, sol, verde, naranja, padre, dorado, mujer, negrura, amigo, verdoso, blanco, nube, agua, lluvia, grama, noche, ave, laguna, mar.... Iba entonces en el autobús y hablaba con ellas. Los pasajeros me miraban extrañados. Cuando bajé, un rumor tocó mis espaldas. Los compañeros de viaje me señalaban y reíanse. Ellos no sabían... No volverán... Desesperada ya por tanto tormento, preferí esperar en silencio. Si antes pensaba alcanzarlas, atraparlas y encerrarlas entre mis manos ansiosas, ahora, desisto de la idea. No puedo comprometer mi nombre... He decidido no escribir más hasta que aparezcan... Esperaré en silencio sin comentar mi secreto... Ya volverán las furtivas palabritas...

GUERRERO

Después de leerte, me fui al mar. Sin más pensamientos que aquellas palabras de poeta amado. Allí, donde una vez dejé de comer para pensarte, intenté atraerte desde mis regresos. A veces me sacude la duda de no saber si te envolverás entre mis olas tranquilas, serenadas de tu imagen. Otras veces, el sol enfría las alas del verano para alejarte hasta que, de nuevo en la presencia algo indica que aún sigues allí. No existe sentimiento que impida este constante devenir en tus palabras, tu mirada, tu pelo recién cortado. Tus manos asidas a las mías. Tus labios rozando apenas los labios que te nombran. En un vivir de angustias. En la pena de no saber qué piensas en este ingenuo ser que te sueña. Entonces, se apagan los olores de la duda. Entonces, te sentí venir desde la niebla, desde la profundidad de los mares, desde la mirada perdida. Y entonces, lamenté no encontrarte antes. Antes de esta vida enterrada entre libros y olas. La noche ofrece los más hermosos pensamientos. El mar, imagen viva de mis internos te llama. Los poetas solemos ser tormentosos. Por ello, busco sus aguas profundas para acallar las angustias que me embargan. Los deseos más amados. En este momento, escribo para ti como si existieses siempre. Al final, me invade la tristeza con sus garras ponzoñosas cuando se diluyen los deseos de la madrugada, como si en verdad te hubieras separado de mi cuerpo. A veces te siento desesperar desde las distancias. Escapo de tu vista para no perder este sentimiento hermoso que me invade toda. A veces, huyo de ti como el pequeño ciervo de su cazador y busco refugio en los más íntimos pensamientos del pasado. Pero, al no sentirte cerca, me ahoga la pena de no verte y decirte por ejemplo, ¡Te cortaste el pelo! No sé por cuánto tiempo durará esta alegría de saberte en mi poesía.

viernes, 18 de mayo de 2007

PALABRAS

Yo voy soñando caminosde la tarde.
¡Las colinasdoradas, los verdes pinos,las polvorientas encinas!...
¿Adónde el camino irá?Yo voy cantando, viajero,a lo largo del sendero...-
La tarde cayendo está-.
En el corazón teníala espina de una pasión;
logré arrancármela un día;ya no siento el corazón.
Y todo el campo un momentose queda,
mudo y sombrío,meditando.
Suena el vientoen los álamos del río.
La tarde más se oscurece;y el camino se serpea
y débilmente blanquea,se enturbia y desaparece.
Mi cantar vuelve a plañir:
Aguda espina dorada,
quién te volviera a sentiren el corazón clavada.
[Antonio Machado]

EL JUEGO, BETINA, 1994

Sólo veinte minutos han transcurrido desde entonces. Nada puedes hacer. La salida no existe y vuelas ausente, sin ojos, sin alas. Te encuentras en manos de dos grupos que disputan tu cuerpo. El tránsito comenzó cuando el oficial te lanzó al aire sin dolor ni resentimiento ante los otros para indicar la salida. Perdiste vuelo hasta caer brutalmente al centro del campo donde esperaban tus adversarios. Ellos te harían rebotar durante algún tiempo sobre la madera que suele ofrecer los rostros cansados y resiste los pasos del mundo. Te enviaron de un lado a otro sin sentido hasta convertirte en vacío, placer, aliento desmedido. Los otros te esperaban. Al atraparte, introdujeron el cansado cuerpo en la canasta a la que tanto temes. De cualquier manera, no distinguiré al otro que me impulsa. Jamás sabré con quién jugaba ni a quién pertenecía. Mis sentidos no existen... Pero me siento en el aire, deliciosamente puro hasta presentir la caída. Entonces, me transformo en ave sin alas, crisálida herida sin poder controlar mis actos. En manos de ellos, un sentimiento de complicidad y burla me abruma. Desde las alturas, el terreno se asoma libre de obstáculos. En esa rectangularidad de brazos abiertos, las unidades de luz cercenan toda visibilidad. ¡Se han roto las reglas! Nada puedo hacer para que todo vuelva a ser como antes. El público grita y se agita. Soy el centro de todas las miradas. Desde cualquier ángulo, la luz y la distancia no me permiten volver a ti. Uno de los jugadores lanzó la patada al otro. Lo ha inutilizado para seguir en el campo. Cayó sobre mí y su estómago me tiene aprisionado. Su respiración me excita. Ahora, sientes su peso sobre tu frágil cuerpo. Comienzan los sudores a bañar tu incertidumbre. Una borrosa niebla en el aire espeso de la noche viene hasta ti con sus nauseas de plata. Quien te sigue cae de costado donde se encuentran los espectadores. El dolor es intenso en la pierna derecha. Todos abarcan el espacio sin moverse. No puedo tocarte porque ahora es la sombra transparente quien se esfuma por las líneas del terreno. Eres silencio y queja. No te escucha porque sus oídos huyeron con las voces de la multitud que te busca. Como puedes, escapas por los costados del dolor y huyes hacia los laterales. El otro, el que yace tendido te busca en vano. No identifica el rugido de la goma ni la voz del jugador que ahora te golpea en dirección inversa al punto donde se encuentra recostado... Me han dado por muerto. Ahora me lanzan sobre la cesta nuevamente... Suspendida, desde sus arcos de acero, ella abre sus brazos sin vida para sellar definitivamente, el triunfo sobre tus adversarios... Pero faltan cinco segundos... Te elevan. Cierras los ojos y enmudecido, como una lágrima colgada en los espacios, soledad y silencio, traspasas el umbral. Las manos elevadas de los jugadores, tratan de sostenerte inútilmente entre sus dedos ansiosos para lanzarte nuevamente, con más fuerza hacia el vacío y convertirte en muerte... El silbato marcó el final. Tu cuerpo sin vida para de una a otra mano como la joya ambicionada por todos.

EL SACRIFICIO DE SAURIO


Al final, tenemos que reconocer que siempre hablamos de nosotros mismos si no sabemos callar.” ANATOLE FRANCE


Recuerdo aquel día. Mis hermanos y yo nos encontrábamos confinados en la antigua habitación de la abuela. Allí solo había cabida para un televisor, un sofá y cinco niños aficionados a Denver, el último dinosaurio. Por la ventana de la habitación,  trepaban los mugidos de Antonieta, tu madre, mientras mi padre la ayudaba con su amorosa tarea.  Al día siguiente, nos confirmaron tu nacimiento y fuimos llevados al campo para conocerte. Te llamamos Saurio porque mi hermano menor -que en ese entonces contaba con tres años -,  dijo -Tengo  un dinosaurio. Nos sentamos y a reir. Desde entonces, te llamaste Saurio. Tu pelo crecía como una segunda luna nueva sobre tu lomo; compartíamos juegos y emociones.

Aún  recuerdo sobre todo, cuando respondías al llamado del amor, corrías hasta donde se encontraban las vacas, para encontrarte con Blanca, la tímida moza por quien cada año saltabas la alambrada mientras el eco repetía tus bramidos de toro en celo. Hoy, horrorizada observo en ti, la oscuridad de los condenados. Vas desde el callejón hacia la puerta de toriles y luego al ruedo, sin comprender la razón de tanta algarabía. Té sientes entregado a la suerte de los otros. Escucho las voces de tu alma deducir el final de otros que como tú, cada año fueron traídos hasta allí: -ellos no regresaron. 

Tus ojos no expresan violencia sino una profunda angustia por Blanca. Los recuerdos del pasado vienen en tu mente junto a aquel poema de amor que alguna vez le dedicaste: “Ayer me llamaste espuma. Bañé tu rostro sediento, henchido de sol. Sobre tus muslos serenos desperté remolinos de ensueños y en tu callada boca, los dulces gritos a la tarde que apenas comenzaba. Me llamaste espuma y fui caracol. Arrastré  tus penas hacia la orilla, acumuladas en los avatares de la vida”. Cada año, acudías a la cita pensando en ella.

Ahora, sigues allí,  con la mirada  vacía, perdida en el espectáculo, como queriendo justificar un destino que no te pertenece y sobre el cual nadie planificó la gloria.  Continúan los dolores,  cabalgando los espacios que poblaron tu vida: “En cada uno de los viajes me proponía tenerla. Penetrar sus oscuros laberintos  y sufrir los espantos del regreso. Conocerla significó romper la quietud de mis aguas dormidas. La última vez, el último día, se hizo realidad la irracional promesa. No pude hacer eterno aquel encuentro pero la retuve aprisionada a mi vida como si fuera piel. No pude asirme al recuerdo entonces, la memoria se encarga de los ratos perdidos. En cada regreso propicié un nuevo amanecer y el último,  sólo se plegó a mi piel”.  Como una sombra, atraviesas la estancia, irrumpe el silencio.

Todo fuera de ti parece un coliseo. Tu mirada se alejó del recuerdo y los dolores para detenerse  en el sol que te aguarda con sus fulgores de tarde, sembrada de gualda, oro, rosa, blanco, negro y  espada: “Todos están de fiesta y yo, despavorido escucho los gritos ininterrumpidos de una multitud que desea mi condena. Cristo  debió tener este sentimiento mío, con la única diferencia que   su sacrificio lo llevó a la  posteridad, lleno de gloria mística. En este juego que no entiendo, presiento  he de morir. El artista pincha mi piel a ratos y sangran las heridas. Mientras el orgullo de mi  agresor lo levanta, yo enervo mi rabia…

Entonces, el recuerdo aflora nuevamente en mi cerebro y se aplacan las angustias”. Los gritos se consumen en la última cena de tu inocente desespero. Si ganas o te rindes, te llevarán con perdones para ofrecerte  una muerte segura, pero otra muerte. Si mueres en la tarde, te abrazarán mis luces y entonces,  te ofreceré mis ilusiones. Tu fiesta será mi luz. Tu Juez y verdugo se llenará de monedas y su nombre desalojará los espacios para ahuyentar soledades.  No hay salida: debes morir en esta narración inconclusa. Alguien te condena al eterno sacrificio de un Prometeo con cara de saurio porque  Olimpo se quedó sin fuego.

De nuevo,  la evocación mientras los hombres te buscan. Parecen bestias irritadas.  Ellos te asustan y su imagen te abruma. Prosigue la trágica danza y  con ella, la seguridad de la muerte, pero una muerte digna.  Frente a ti, la espada baila con la bailarina mientras su manto púrpura te arrastra en arenas. Violento, te diriges hacia ellos sin bajar la mirada. Intentas defender tu vida mientras sus hierros te pinchan por última vez. Tu lomo,  manantial que se confunde con el ropaje  de la bailarina. Todos piensan en las alegrías recobradas y yo,  que no sabes pienso en ti, he de soportar la ignorancia de los otros sobre el pensamiento mío.

No aprendieron a leer  las reflexiones de Saurio porque se supone, los toros no piensan. Les está vedado cavilar sobre la vida, su vida de toro condenado a muerte. Tus ojos son ahora remolinos, mareas atardecidas de espantos. Vas al frente y caminas con la negrura de tu piel bañada en granate y luz encendida, hacia el ocaso; donde se ocultó la imagen de la amada. Todos gritan albricias al torero mientras Saurio, herido de muerte, transita lentamente hacia las soledades.

 

BetinaBetinae, 2005