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viernes, 1 de junio de 2007
EL ÁRBOL DE LAS TRES RAÍCES
LAS PALABRAS EN EL VIENTO
En el viento, las palabras suenan bien pero no se quedan se trasmutan se pierden... porque nadie las retiene Te sientes incómodo porque no puedes hablar. Te vigilan no sólo desde afuera sino también desde tu propio abismo. El jefe nos había dicho que llegaba un turista con mucha plata, tremenda nave y bañado en oro. Siento la inutilidad de mi vida como si dentro de unas horas ya no seré un vivo más en este sitio de putrefacción y muerte sino una espesa niebla que se diluye en la oscuridad de los silencios. No cuentes lo que sabes ¡Ya entiendo! Las palabras se las lleva el viento. El cadáver te reclama cada noche su inocencia. Sin palabras. Pero el jefe dio la orden: ¡toma esta pistola, espéralo a las cinco, cuando salga del hotel, quítale el maletín, el oro y te vas por la orilla de la playa hasta que llegues al cementerio! Así me dijo mientras aspiraba ese viento blanco que emana de casi todos los que me acompañan- Luego agregó: ¡Allí te espero! Dos días después, ¡Vaina! ¡Tremenda vaina!...Llegaste temprano. Esperaste al turista y lo amenazaste con tu arma prestada. ¡Alto! ¡Esto es un asalto! Los ojos exorbitados del hombre te miraron desde el más allá para recordarte sin palabras, que mañana podrías ser tú. Pero el jefe no te esperó. Allí estaban los dos uniformados corruptos de siempre en su jepp blanco para ocultarte. Ellos me escondieron algún tiempo para que la guardia no me encontrara. ¡Ah! Pero me quitaron el maletín y me ordenaron que huyera playa arriba. Se armaron con más de cincuenta millones. El resto de lo que fue esa mañana, tú lo sabes Siempre playa arriba, bañado en sol y salitre. Mi amigo iba delante, asustado jamás había visto un muerto. Te alcanzaron. En sueños veo al Ronco, inocente en su primer trabajo. Lleno de miedo porque sabía que lo lincharían si decía una sola palabra. También lo recuerdo sentado en su mecedora con dos balas en la frente. Un enfrentamiento, dijo la policía. El Ronco y yo sabemos que no fue así. Todo el barrio sabe lo que allí pasó. Nadie les cree. Todo volvió a la normalidad. El jefe levanta una fortaleza sobre la acera para que nadie llegue hasta él. El chino vende las armas. El fiscal se deja sobornar. Otros niños, menores que yo, inician su carrera por los bajos fondos en la fortaleza, mientras la mamá del Ronco vomita improperios contra la vida. Los uniformados van como siempre, todas las tardes al barrio a buscar su parte de carabela. A todos martillan por su silencio mientras que a ellos, los martilla la vida. Mañana, si es que te sucede, las palabras del otro serán verdades en la fiscalía, las tuyas, se las llevará el viento. No cambia la vida sólo con la intención. Tu vida será una palabra más, sin sentido en el viento, en este universo de engaños que se pudre en las cárceles de mi país. ¡El jefe me dijo que teníamos un negocio bueno! Pero Ronco mató al turista. ¡El no lo mató! Acompañé al Ronco y te aseguro que no lo mató. Era su primer trabajo. Iba cagao. No tenía bolas. Me llevaba algún tiempo en este negocio. Después de la muerte de Ronco caí preso. Allí no hubo enfrentamiento. Ellos lo mataron para que no hablara. Me dejaron vivo de vaina. Pero me amenazan a diario. Algún día, cuando salga de aquí -si es que salgo-, ya ellos habrán muerto mientras yo, acostumbrado a la vigilancia de los otros, intento escapar por esa rendija donde el sol cada mañana se asoma y me despierta para avisarme que sigo vivo ese día, ¡escribiré un libro así de grande! ¡Carajo! Para ver si mis palabras no se las lleva el viento y entonces, todos sabrán que el Ronco era inocente.
LAS PALABRAS.
GUERRERO
viernes, 18 de mayo de 2007
PALABRAS
¡Las colinasdoradas, los verdes pinos,las polvorientas encinas!...
¿Adónde el camino irá?Yo voy cantando, viajero,a lo largo del sendero...-
La tarde cayendo está-.
En el corazón teníala espina de una pasión;
logré arrancármela un día;ya no siento el corazón.
Y todo el campo un momentose queda,
mudo y sombrío,meditando.
Suena el vientoen los álamos del río.
La tarde más se oscurece;y el camino se serpea
y débilmente blanquea,se enturbia y desaparece.
Mi cantar vuelve a plañir:
Aguda espina dorada,
quién te volviera a sentiren el corazón clavada.
[Antonio Machado]
EL JUEGO, BETINA, 1994
EL SACRIFICIO DE SAURIO
Al
final, tenemos que reconocer que siempre hablamos de nosotros mismos si no
sabemos callar.” ANATOLE FRANCE
Recuerdo
aquel día. Mis hermanos y yo nos encontrábamos confinados en la
antigua habitación de la abuela. Allí solo había cabida para un televisor, un
sofá y cinco niños aficionados a Denver, el
último dinosaurio. Por la ventana de la habitación, trepaban los mugidos de Antonieta, tu madre, mientras mi padre la ayudaba con su amorosa
tarea. Al día siguiente, nos confirmaron
tu nacimiento y fuimos llevados al campo para conocerte. Te llamamos Saurio porque mi hermano menor -que en
ese entonces contaba con tres años -,
dijo -Tengo un dinosaurio. Nos sentamos y a reir.
Desde entonces, te llamaste Saurio. Tu pelo crecía como una segunda luna nueva sobre tu lomo; compartíamos juegos y emociones.
Aún recuerdo sobre todo, cuando respondías al
llamado del amor, corrías hasta donde se encontraban las vacas, para
encontrarte con Blanca, la tímida
moza por quien cada año saltabas la alambrada mientras el eco repetía tus bramidos de toro en celo. Hoy,
horrorizada observo en ti, la oscuridad de los condenados. Vas desde el
callejón hacia la puerta de toriles y luego al ruedo, sin comprender la razón
de tanta algarabía. Té sientes entregado a la suerte de los otros. Escucho las
voces de tu alma deducir el final de otros que como tú, cada año fueron traídos
hasta allí: -ellos no regresaron.
Tus
ojos no expresan violencia sino una profunda angustia por Blanca. Los recuerdos del pasado vienen en tu mente junto a aquel
poema de amor que alguna vez le dedicaste: “Ayer
me llamaste espuma. Bañé tu rostro sediento, henchido de sol. Sobre tus muslos
serenos desperté remolinos de ensueños y en tu callada boca, los dulces gritos
a la tarde que apenas comenzaba. Me llamaste espuma y fui caracol.
Arrastré tus penas hacia la orilla, acumuladas en los avatares de la
vida”. Cada año, acudías a la cita pensando en ella.
Ahora,
sigues allí, con la
mirada vacía, perdida en el espectáculo, como queriendo justificar
un destino que no te pertenece y sobre el cual nadie planificó la
gloria. Continúan los dolores, cabalgando los espacios
que poblaron tu vida: “En cada uno de los
viajes me proponía tenerla. Penetrar sus oscuros laberintos y sufrir
los espantos del regreso. Conocerla significó romper la quietud de mis aguas dormidas.
La última vez, el último día, se hizo realidad la irracional promesa. No pude
hacer eterno aquel encuentro pero la retuve aprisionada a mi vida como si fuera
piel. No pude asirme al recuerdo entonces, la memoria se encarga de los ratos perdidos. En cada regreso propicié un
nuevo amanecer y el último, sólo se plegó a mi piel”. Como una sombra, atraviesas la estancia,
irrumpe el silencio.
Todo
fuera de ti parece un coliseo. Tu mirada se alejó del recuerdo y los dolores
para detenerse en el sol que te aguarda con sus fulgores de tarde,
sembrada de gualda, oro, rosa, blanco, negro y espada: “Todos están de fiesta y yo, despavorido
escucho los gritos ininterrumpidos de una multitud que desea mi condena.
Cristo debió tener este sentimiento mío, con la única diferencia
que su sacrificio lo llevó a la posteridad, lleno
de gloria mística. En este juego que no entiendo, presiento he de
morir. El artista pincha mi piel a
ratos y sangran las heridas. Mientras el orgullo de mi agresor lo
levanta, yo enervo mi rabia…
Entonces, el recuerdo aflora nuevamente en mi cerebro
y se aplacan las angustias”. Los gritos se consumen en la última cena de tu
inocente desespero. Si ganas o te rindes, te llevarán con perdones para
ofrecerte una muerte segura, pero otra muerte. Si mueres en la
tarde, te abrazarán mis luces y entonces, te ofreceré mis ilusiones.
Tu fiesta será mi luz. Tu Juez y verdugo se llenará de monedas y su nombre
desalojará los espacios para ahuyentar soledades. No hay salida:
debes morir en esta narración inconclusa. Alguien te condena al eterno
sacrificio de un Prometeo con cara de saurio porque Olimpo se quedó
sin fuego.
De
nuevo, la evocación mientras los hombres
te buscan. Parecen bestias irritadas. Ellos te asustan y su imagen
te abruma. Prosigue la trágica danza y
con ella, la seguridad de la muerte, pero una muerte digna. Frente a ti, la espada baila con la bailarina
mientras su manto púrpura te arrastra en arenas. Violento, te diriges hacia
ellos sin bajar la mirada. Intentas defender tu vida mientras sus hierros te
pinchan por última vez. Tu lomo, manantial que se confunde con el
ropaje de la bailarina. Todos piensan en las alegrías
recobradas y yo, que no sabes pienso en ti, he de soportar la ignorancia
de los otros sobre el pensamiento mío.
No
aprendieron a leer las reflexiones de Saurio porque se supone, los
toros no piensan. Les está vedado cavilar sobre la vida, su vida de toro
condenado a muerte. Tus ojos son ahora remolinos, mareas atardecidas de
espantos. Vas al frente y caminas con la negrura de tu piel bañada en granate y
luz encendida, hacia el ocaso; donde se ocultó la imagen de la amada. Todos
gritan albricias al torero mientras Saurio, herido de muerte, transita
lentamente hacia las soledades.
BetinaBetinae, 2005